viernes, 22 de abril de 2016

A veces nieva en abril.

No me gusta la autorreferencialidad. Nadie más que yo sabe lo que significa y significará Prince para mí. Estoy agobiado por una tristeza infinita, y esa tristeza es mía, tuya, de todos nosotros. Sin embargo, todos tenemos una historia. La mía oscila entre preguntarme de quién era esa canción en Batman 89 cuando el Joker entra a vandalizar el museo, o cuando compré Love Symbol en Parque Rivadavia y vi la foto de Prince con el micrófono-pistola en el booklet, pensando que ese hombre sabía algo que el resto de los mortales no. Y sí, lo sabía.
Basta con ponerse a escuchar su influencia en la música de los últimos treinta años. Creó un mundo donde su cerebro y su corazón eran ciudades que podíamos visitar con tan solo escucharlo. Paisley Park está en nosotros, existe. Tan grande era su genio que materializaba lo intangible.

Algo de esto era parte de su maestría. Era un dotado, pero un dotado en serio. Tocaba todos los instrumentos. Todos, incluso siendo un adolescente. Pero no era solo eso: fue un precursor en cuestiones tecnológicas. El motivo por el que 1999 no sonaba como otra cosa hasta el momento era porque tenía una de las primeras LinnDrum. Todo lo que fuera necesario para crear, él lo manejaba. Más de cuarenta años, cuarenta discos, más de mil canciones, cuatro películas, tres bandas y vaya a saber uno cuánto material acumulado e inédito guardado en esa famosa "bóveda" que recelaba. Hoy no solo tenemos ciertos artistas que suenan "como Prince", sino que la música en general se distribuye "como Prince". Precursor del kickstarter, del control total de los masters, de la venta por internet. La estructura de la industria sentó sus bases acá. Prince murió con el control total de sus masters, se peleó con toda la industria por ellos. Y ganó. Sí, ganó. De testarudo, gallardo o, como le he escuchado decir a ciertos imberbes ante la negativa de subir sus canciones a youtube, "amargo". Dado el maltrato que han recibido muchos artistas a manos de las discográficas, el hecho de Prince teniendo propiedad absoluta sobre su trabajo es igual de radical que sus canciones.

Es lo más cercano que había a un superhéroe, a un extraterrestre, a una deidad cósmica que se movía entre nosotros. Apenas me enteré de su muerte puse Purple Rain al mango y me largué a llorar como hacía un tiempo no me pasaba (quizás con Bowie, a quien no rendí homenaje acá, pero les aseguro que se merece el mismo trato que le estoy dando a Su Majestad Púrpura en esta entrada). Estuve los nueve minutos que dura Purple Rain llorando desconsoladamente. Y por mi cabeza pasó esa vez que compré Love Symbol, cuando vi Purple Rain por primera vez, la escena definitoria en mi vida con Jack Nicholson causando conmoción mientras Prince Rogers Nelson musicalizaba la insanía y el caos. Quizás me fascina esa idealización popular que se tiene de Prince: a los ojos del público masivo era una especie de elfo-mágico-musical que tenía unas canciones muy copadas. Capaz acá no llegó tanto como su colega Michael Jackson, pero eso sucedió en todo el mundo. Y es comprensible, la sublime genialidad de MJ era mucho más radio-friendly que, digamos, Emancipation. De todos modos, me gusta esa idealización generalizada, aunque él no fuera así. Le gustaba jugar al basket, coger y vivir de fiesta. Era un humano, como todos nosotros.

 Y es que esa idea de perpetuidad se nos derrumbó la vez pasada, cuando se descompensó en el avión y después se recuperó. ¿Cómo iban a atreverse esos medios insolentes a siquiera querernos hacer creer que Prince es mortal? Obvio, los equivocados eramos nosotros. Creo que Prince pasó tanto tiempo queriendo convencernos de que era eterno e imperecedero que quizás lo compramos un poco. ¿Y cómo no comprarlo? Si es nada más y nada menos que The Purple One, The Kid, His Royal Badness, El Artista Antes Conocido Como Prince. Él es todos y todo lo que queremos ser.

Estoy secando mis lágrimas mientras escribo esto y suena Sometimes It Snows In April en un loop constante. Y mientras cierro, se me pone la piel de gallina pensando en lo premonitorio que me resulta todo esto. Siempre te voy a querer.

A veces nieva en abril.
A veces me siento tan mal, tan mal.
A veces quisiera que la vida fuera eterna.
Pero las cosas buenas, dicen, nunca duran.

Prince - (1958-2016)



jueves, 21 de abril de 2016

O(+>

Yo te maldigo, 2016. Te maldigo por Bowie, Alan Rickman Phife Dawg, George Martin, Tony Burton, George Kennedy. Te odio, no quiero verte más. Quiero que te vayas, como tantos otros y fulminantes años bisiestos. Y te maldigo a vos en especial, 21 de abril, fecha pérfida e hija de puta. Te maldigo por recordarnos, entre otras cosas, que Prince era mortal.

Pero ya va a volver. No se preocupen.


sábado, 6 de febrero de 2016

THE MARTIAN (2015): Un libro de texto.


Antes que nada, quiero aclarar algo: nunca me gustaron los directores impersonales, y Ridley Scott es uno de ellos. Sí, es muchas veces considerado una especie de vaca sagrada de las que es un sacrilegio decir algo en contra, pero sería deshonesto de mi parte no expresar lo que realmente pienso.  Siento que algunas de sus películas mejor valoradas por el público masivo son malas, como Gladiador o Thelma & Louise. Algunas son directamente horribles, desde 1492 hasta Hannibal y terminando en Exodus, su crimen más reciente. Y lo peor es que uno jamás creería que todas estas películas fueron hechas por el mismo sujeto.
Tampoco voy a ponerme a defender la teoría del autor a capa y espada, pero siempre sentí que Scott estaba ahí para ver qué hacía el diseñador de producción y resolver luego qué haría con la cámara (sí, sé que algún fanático de Ridley me está tildando de ignorante y dándose la cabeza contra la pared mientras lee esto). A veces la pega y hace una obra maestra, muchas otras la pifia y salta de inmediato a otro proyecto. Incluso Alien, su obra cumbre junto a Blade Runner, me parece más de Walter Hill que de él, y eso se nota. Y sí, me declaro totalmente fanático de Tony Scott, aquel al que tantas veces se refirieron como "el Scott malo."

Qué poco sabían.

Vale también aclarar que la falta de personalidad no me impide ver cuando una película es buena o mala, pero sabiendo el currículum reciente de Sir Ridley mis expectativas estaban muy por debajo. Cuando salió The Martian todos se agruparon para decir lo maravillosa que era, y, cuando una película así tiene un hype semejante, prefiero esperar a verla luego. La vi hace unos días. ¿Es buena? Sí. ¿Es la mejor de Scott en años? Sí. ¿Es todo lo que decían que era? Ni por asomo. 

Para señalar el lado positivo es propicio decir que The Martian es una película despojada totalmente de cinismo y es más optimista de lo que uno esperaría. Lo que vemos a lo largo del film es de un progreso magistral a nivel mensajel, donde la gente buena hace cosas buenas y, con suerte, inspirará a algún niño niño brillante obsesionado por el espacio a seguir su sueño de tocar las estrellas (o, más precisamente, trabajar para la NASA). La cinta es clara en lo que dice: la ciencia puede ser cool y esta película podría salvar a una generación. Pero, aunque le suma muchos puntos a la película, no quisiera centrarme tanto en esto.

Entiendo que tiene su encanto y que la celebración por la ciencia es algo que no se ve mucho, pero también es su peor enemigo. La película se la pasa explicando y hablando (literal: los personajes chatean y dicen en voz alta lo que escriben) y no muestra nada. El lenguaje cinematográfico de The Martian es prácticamente nulo más allá de un par de planos lindos en Marte, pero no me sirve una película que se pasa contando lo que van a hacer como si fuera un manual. Sin alcanzarle con esto, meten a un Donald Glover que, si bien es gracioso y a mí me encanta él en general, es utilizado para explicar de forma aún más simple lo que está sucediendo y fracasando en el intento. Dicho sea de paso, poco de lo que sucede en la tierra es tan atrapante como Damon en Marte. Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig, Sean Bean y Jeff Daniels tienen mucho para ofrecer, pero todo lo que sucede allí es tan estático y poco interesante que reafirma la trepidante situación de Mark Watney sobreviviendo en medio de la nada. Daría la sensación de que el diálogo debería haberse apoyado en algo más cercano a los walk-and-talk de Aaron Sorkin, pero Drew Goddard termina entregándonos líneas de tal falta de chispa que hace que aquél irreverente centro de control en The Cabin in the Woods parezca el recuerdo lejano de un hombre con mucha más capacidad.

Reitero que su mayor atractivo reside en la falta de solemnidad (lo que los Golden Globes consideran "comedia") con la que se maneja, desde la banda de sonido hasta el personaje de Watney. La otra gran virtud es Matt Damon, enorme, cargándose la película al hombro y dando una actuación que solo un actor con ese carisma podría dar. La comparación inmediata (sacando a ese bofe insostenible llamado Interstellar de la ecuación) es Gravity, una película que, guste o no, destilaba cine con una historia de cualidades similares. La diferencia de que ésta no necesitaba explicarte la germinación de la papa ni dar contexto científico para atraparte. A tal punto llega la comparación que la escena final de The Martian es calcada de una de Gravity, a la vez que es vitoreada como quizás la escena más emotiva de la película. Y es que el cine es emoción, no libros de texto.




domingo, 1 de noviembre de 2015

Diferencias Creativas

Pocas veces se presenció lo que pasó este año. En una época donde las películas se estrenan previamente procesadas por una picadora de carne, aparecieron Spielberg y George Miller pateando el tablero. Dos tipos de setenta años -que ya están más allá del bien y del mal- te estrenan dos películas como Mad Max y Bridge of Spies. Barrieron el piso como solo dos personas así pueden hacerlo, y abrieron el debate de lo que estamos viendo y de lo que deberíamos estar viendo. Cine, sin pedirle permiso a nadie. Al ver esos dos nombres juntos es imposible no recordar la película de La Dimensión Desconocida, donde Spielberg hacía un segmento meloso y Miller reversionaba el clásico episodio de Richard Donner “Terror a 20.000 pies de altura”, sacándole un amplio margen a los otros tres segmentos. Esa película, aun teniendo dos segmentos que no funcionan y una historia trágica detrás, quizás sea el testimonio más fiel de una generación increíble. Aquella camada de cineastas excelsos, frenéticos e imaginativos, que se encargaron de conjugar la fantasía infantil con el cine más puro.

Hoy podemos encontrar un paralelismo, quizás, en personas como JJ Abrams, la dupla Lord/Miller y hasta diría que en Edgar Wright. Si bien estos no están tan necesariamente emparentados como sí lo estaban los de aquella generación, podemos toparnos con rastros e influencias por doquier. El caso más claro es Super 8, aquella maravilla raudamente olvidada de Abrams, donde rendía homenaje a Spielberg (quién también producía) como muchos han intentado y, usualmente, fracasado. Super 8 sobresale porque golpea todas las teclas indicadas y se nota el disfrute de Abrams, como un músico tocando su canción favorita. Sabiendo esto, duele el doble ver como retomó la saga de Star Trek para hacer una película blanda y olvidable cuyo único mérito era ser un calco de La Ira de Khan, la mejor película de Star Trek por amplio margen.
El caso de Lord y Miller, la dupla creativa que guarda cierta semblanza con el dúo Zemeckis/Gale, es similar: todas sus películas tienen conceptos que suenan mal en papel, pero se trasladan con maestría a la pantalla. Desde una 21 Jump Street -que se convirtió en un clásico inmediato con su humor meta- hasta The Lego Movie, de la cual todos esperábamos lo peor desde su anuncio y nos terminamos indignando porque no había sido nominada al Oscar.

También hay casos como el de Misión Imposible, una franquicia que comenzó como el vehículo más trash para convertir a Tom Cruise en héroe de acción y terminó siendo una maravilla de Brian De Palma, marcando el camino para convertirse en una saga única. Cada película tiene un director y un estilo diferente, y cada una se convierte en un film con voz propia. Más allá de mantener un molde similar en todos los guiones, cada una exuda cine por partes iguales.
James Bond, la saga más grande por definición, siempre hizo lo contrario. Si bien tuvieron directores diferentes, ninguna distaba mucho de la otra. Diría que comenzó a notarse un quiebre cuando apareció Martin Campbell, el hombre que salvó la franquicia dos veces. La primera fue con Goldeneye, brillante inicio para un Brosnan que terminaría de la peor manera en Die Another Day. Ahí fue nuevamente el trabajo de Campbell devolverle a Bond el lugar que se merece, y lo hizo con la excelente Casino Royale. Fue sucedida por la pésimamente ejecutada Quantum of Solace, dirigida por el ecléctico Marc Forster. La saga tomó un nuevo camino con Skyfall, de un Sam Mendes que jamás había hecho acción con excepción de un par de escenas en Road To Perdition y Jarhead, pero que por aquél entonces venía de hacer el drama Revolutionary Road y la comedia indie Away We Go, pegando un giro total. Bond había aprendido algo de Misión Imposible, y es que una saga que contrata cineastas con voz suele tener buenos resultados.

 Diferente es lo de Guy Ritchie, que se olvidó de sus películas de crimen que mentaban a Scorsese y a Tarantino para sucumbir ante las comodidades que trae un Sherlock Holmes o, en un nuevo intento de revivir una franquicia, El Agente de CIPOL. Joe Wright, uno de los directores más interesantes de la década pasada, estrenó la imposiblemente soporífera Pan, logrando que más de uno revalorizara Hook o el Peter Pan de 2003, más cercana a su material original y mucho más efectiva.
Casos distintos son los de Gore Verbinski y su Llanero Solitario o Andrew Stanton y su John Carter. Dos películas que fueron mal recibidas al pensar que serían otro medio para hacer el dólar fácil y resultaron ser dos cintas llenas de cine e ideas que hicieron pésimos números en la taquilla. Ambas fueron producidas por Disney y quizás tuvieron miedo al ver que los directores con una voz propia no hacían el dinero que necesitaban.

Por eso se habrá alejado Edgar Wright, quizás el cineasta más creativo y dedicado de los últimos diez años, que se pasó once años desarrollando Ant-Man y se fue faltando un mes para el rodaje debido a diferencias creativas. Fue reemplazado por Peyton Reed, uno de los secretos mejor guardados del cine estadounidense, y el guión fue reescrito por Paul Rudd y Adam McKay. El resultado fue un pastiche que cuajó muy bien en ciertas partes y no terminó de concluir en otras, pero siempre al servicio de algo más grande ante lo que Wright no quiso arrodillarse.

Pero como dijo Max Landis, hijo de John Landis y guionista mimado por los estudios (aunque no por eso necesariamente bueno), estos cineastas trabajan bajo el yugo de empresas como Disney. Hay lugar para la imaginación, siempre y cuando te adhieras al plan y no hagas muchas preguntas. Max Landis estrena este año una nueva película de Frankenstein, con el no tan nuevo concepto de tomar una franquicia y darle una nueva vuelta de tuerca. Similar a lo que hizo su padre en 1981 con esa maravilla llamada An American Werewolf in London, donde le daba una lavada de cara al mito del hombre lobo. ¿La gran diferencia? An American Werewolf in London hoy no podría distribuirse y la de Frankenstein probablemente ya tenga la secuela firmada.

miércoles, 15 de julio de 2015

La historia de mi vida.

La primera vez que vi Superbad, terminé llorando desconsoladamente. No solo porque considero que tiene todo lo que una película debe tener, sino porque termina con lo que, para mí, debería considerarse uno de los mejores y más sinceros finales de la historia del cine.
Y funciona justamente porque, a lo largo de su hora cuarenta de duración, maneja unos niveles burdos de chabacanería: una chica menstrúa sobre uno de los protagonistas, hay debates sobre sitios pornográficos y una galería interminable de chistes sobre chotas. Éste código de drama y franqueza mezclados en un torbellino de humor soez se hizo marca registrada de Judd Apatow, el usualmente considerado padre de "la nueva comedia americana" y productor de ésta película. Dio su inicio -sin contar su previa carrera como guionista- como creador de la serie de culto Freaks and Geeks, que duró una sola temporada y generaría un seguimiento de culto a lo largo de los años (menos suerte tuvo aún Undeclared, la serie que hizo inmediatamente después de que cancelaran Freaks and Geeks, que ni siquiera generó el fanbase de la última) y que está, de algún modo u otro, emparentada con Superbad.
Judd Apatow es un tipo que va creciendo dentro tuyo. Hizo dos películas que amé inmediatamente (Virgen a los 40 y Knocked Up) y dos que odié al principio, pero terminé amigándome (Funny People, This is 40). Después terminé entendiendo de donde venía, de su fanatismo por James L. Brooks y que es lo que quería hacer a un nivel estructural. Por supuesto, es muy difícil explicarle al público por qué una comedia dura dos horas y media y su segundo acto consta de momentos sumamente deprimentes. Por eso, de las películas que produjo, ésta es la mejor. Incluso mejor que alguna de sus propias películas, porque capta su esencia como ninguna otra y no se pierde en su guión, que alguna vez consideré el máximo problema de Funny People. Pero basta de apreciaciones subjetivas.

Partamos igual desde una noción simple y sencilla: la adolescencia es un momento de mierda para todos. Hay un rango de los 13 a los 17 en el que todo cuesta el doble y tu cuerpo no entiende un carajo de nada. Tu boca no expresaba lo que tu cerebro quería decir, el día que decidías encararte a la que te gustaba te salía un grano terrible en la frente y las morales por las que te regías eran las mismas por las que hoy cagarías a trompadas a alguien que las tuviese. Cuando sos un perdedor de pura cepa -tal era mi caso- mirás hacia ese pasado y tenés presente que todo lo que pudo salir mal, salió mal. Y mientras te reencontrás con tus compañeros de secundarias y los escuchás contar con regocijo anécdotas de esa época, vos no dejás de pensar en qué bueno sería tener una máquina del tiempo y decirle a tu versión de 13 años cómo hacer las cosas bien. Una edad del orto, que se entienda.
Cuando vi Superbad, yo era Clark Kent y ellos eran Superman. Porque esos perdedores, que decían y hacían las mismas huevadas que mis amigos y yo, terminaban junto a las chicas que les gustaban. Incluso después de una noche fatídica en la que todo había terminado mal y el destino tomaba un curso que solo tomaría en una película (hasta McLovin terminaba debutando con la mina más inalcanzable del colegio). Ellos, después de una noche de confesiones de una honestidad total y de una cercanía casi espeluznante a la realidad, están en un nuevo plano. Un momento en el que ambos saben que tienen que separarse y no hacen más que alargar inútilmente su llegada. Pero esto se corta cuando se encuentran en el centro comercial con las chicas, y cada uno se va con la que le gusta. Evan y Becca bajan por la escalera mecánica y Seth se queda con Jules. Ambos toman caminos distintos. Se dan la espalda. Uno baja, el otro sube. Y, mientras Seth y Jules salen de plano, Evan da una última mirada hacia ellos. Nadie dice nada, y sin embargo lo dicen todo.
Esto por supuesto no sucede ni en la salvaje Animal House, ni en la chabacana Porky's. No sucede tampoco en American Pie, su exponente más cercano (que quería meter cierta sensiblería haciendo uso de un tema hermoso de Elliott Smith). Ni siquiera sucede en Dazed and Confused, del maestro del coming-of-age Richard Linklater.
Solo eso: una mirada. Una mirada que te cuenta todo lo que tenés que saber. Una mirada que te cuenta la historia de mi vida.

viernes, 10 de julio de 2015

Top 50: Mis ídolos.

Amo hacer listas y no sé qué escribir, heme aquí (?). Me pareció propicio empezar esta sección con una lista de ídolos míos de varios ámbitos, tanto reales como ficticios:

1- Alfred Hitchcock
2- Elliott Smith
3- Orson Welles
4- George Carlin
5- Billy Wilder
6- Buster Keaton
7- H.G. Oesterheld
8- Francois Truffaut
9- Sidney Lumet
10- Jack Kirby
11- John Carpenter
12- Satoshi Kon
13- Tina Weymouth
14- Jacques Tati
15- Paul Newman
16- David Byrne
17- Edward D. Wood, Jr.
18- Juan Gallardo Muñoz
19- Carlos Trillo
20- Wes Montgomery
21- Robby Müller
22- Steven Spielberg
23- Winsor McCay
24- Martin Scorsese
25- Chester Gould
26- Brian De Palma
27- Prince
28- Jean-Pierre Melville
29- Sam Raimi
30- Roberto Fontanarrosa
31- Milo Manara
32- Alex Raymond
33- Walter Matthau
34- Rosetta Tharpe
35- Roy Scheider
36- Shirley Jackson
37- Saul Bass
38- Akira Kurosawa
39- Bruce Campbell
40- Richard Matheson
41- Fritz Lang
42- Roger Deakins
43- Joel & Ethan Coen
44- Richard Linklater
45- Hergé
46- Hayao Miyazaki
47- Warren Zevon
48- Wim Wenders
49- Jonathan Demme
50- Edgar Wright

martes, 9 de junio de 2015

De chico.

A mí de chico me tocó darme cuenta de muchas cosas. Darme cuenta de que no todos los nenes en el colegio eran hijos de padres divorciados, que lo mío era un caso medio aparte entre los pibes con papá y mamá bajo el mismo techo y que las otras madres trataban medio con lástima a mi vieja, porque tenía que criarme sola. Hasta mis compañeros y profesores eran medio condescendientes conmigo porque mis viejos no estaban juntos.
De chico también me di cuenta de la suerte que tenía. Suerte por tener una madre amorosa y completamente dedicada que se preocupaba por mí, porque nunca me faltaran los útiles o la comida. Que me dejaba ver a papá los fines de semana. Me di cuenta que ambos se llevaban mejor ahora que estaban divorciados, no como otros compañeritos, que hacía meses que no veían a sus papás.
Y de chico me encontré siendo un privilegiado al tener a mis padres, a diferencia de mi compañera, que vivía con su abuela porque sus viejos se habían muerto cuando ella era chiquita. O como mi amiga, que le tocó ver de cerca cómo una enfermedad de mierda se llevaba de a poco a su mamá. Cosas que, de chico, me hicieron dar gracias por tener a mis viejos sanos y salvos.

Pero también me di cuenta de que papá no estaba tan sano. Noté que papá se tropezaba, que hablaba medio atravesado. que tenía un olor medio fuerte, que llegaba a casa y un rato después estaba desmayado en el sillón. Capaz era porque la fábrica había cerrado por culpa de unos señores de traje y mi viejo se había quedado sin laburo, pero en realidad venía de mucho antes, y por eso mamá ya no estaba con él. Con el tiempo, se empezó a juntar con gente que lo ayudaba.Yo lo acompañaba a unas reuniones que se hacían en círculo, donde había hombres y mujeres con su mismo problema. De chico me daba cuenta que esas reuniones le hacían bien.
También me acuerdo de cuando era chico y papá fue a ver a unos médicos, y que esos médicos le dijeron que tenía algo medio fulero en la cabeza. Que lo habían diagnosticado con un trastorno bipolar. Me acuerdo el cagazo que me agarró de pibe, porque al abuelo Hugo le habían diagnosticado depresión y, después de varios intentos, finalmente se había suicidado. Tenía miedo, porque mi viejo perdió a su padre a los trece años, y yo estaba por cumplir once. Por suerte no pasó nada, y las medicaciones se terminaron ocupando del problema.

Todo eso que me pasó de chico no me hizo mejor persona, ni me adjudicó superioridad moral sobre los niños con infancia perfecta, y por suerte no me convirtió en uno de esos tarados de una estupidez flagrante que se consideran los tipos rudos con una vida difícil. Porque en realidad no la tuve. No más, al menos, que la de mi amiga visitando a su madre en una cama de hospital. O mi compañera, que despertó un día para encontrarse que su abuela había amanecido muerta.
Uno pensaría que estar a los nueve años en una reunión de alcohólicos anónimos haciéndole el aguante a tu viejo te cambiaría la vida para mal. Permitanme informarles que no lo hace. Son experiencias que me hicieron crecer de golpe, sí, pero no me prepararon para el mundo. Porque cuando salís a la calle y ves que nadás en un mar de cinismo y misantropía, el único mástil para aferrarte son los valores que forjaste con la experiencia.
 Vivimos en un mundo que nos quiere hacer creer que la inocencia es una debilidad, que no debe ser considerada un valor. Que si sos inocente sos un gil, y que si te matás, como hizo mi abuelo y un montón de gente con esa enfermedad horrible, sos un cagón. Y en ese mismo mundo, enciendo la tele, veo que una piba de doce años se suicida, y un montón de buitres periodísticos se suben al carro de decir cualquier boludez con tal de sacar una nota.
De chico me tocó la enorme cagada de ser grande. Y ahora, de grande, quisiera ir recuperando la inocencia. Ya voy a llegar.